Cuando yo tenía 16 años…

En un mensaje difundido recientemente en redes sociales, una feminista acusa al lector masculino de tratarla como idiota, de histérica y de negar la realidad de los miles y miles de asesinatos que las mujeres sufren continuamente. El texto viene acompañado de citas y datos aparentemente irrebatibles que, sin embargo, no son más que un ejemplo de libro de cómo manipular la información.

Por si no lo has leído, el mensaje empieza así: “Cuando yo tenia 16 años, mataron a las niñas de Alcasser. Ahí aprendí que era peligroso salir de noche, aunque fuera con amigas. Cuando yo tenía 17 años, mataron a Anabel Segura. Ahí aprendí que no podía salir a correr sola. Cuando yo tenia 18 años, violaron y mataron a Marta Obregón y Leticia Lebrato. Ahí aprendí…” La cosa sigue un rato más, citando unos cuantos casos que han tenido bastante repercusión mediática, terminando con el caso de Laura Luelmo, asesinada por un criminal reincidente que había salido de prisión sólo unas semanas antes.

El texto remata esta relación de citas con un desafío, acusando a quien lo lea de misógino, machista y unas cuantas cosas más, con una retórica bastante agresiva y desafiante: “Cuéntame que son bromas, nárrame (despacito, recuerda que soy idiota) que no se, que exagero, que hay que tener cuidado, que lo que nos hace falta a todas es un buen repaso. Dime que soy una feminazi y una histérica…

Este mensaje, como otros, no es de quien lo redistribuye, sino de alguien que ha encontrado una idea original y, en apariencia, difícil de rebatir: ¿quién va a cuestionar la persecución que sufre la mujer ante datos tan contundentes? Pero, como muchos de estos mensajes destinados a fomentar el odio, está basado en una falacia. La sucesión de hechos que narra no representan la realidad cotidiana, sino una selección de hechos puntuales y esporádicos que, mostrados en conjunto PARECEN mostrar una realidad, pero que contemplados en perspectiva no son más que excepciones. Tristes, lamentables y crueles, pero excepciones.

Voy a comentar unos hechos en el mismo tono y seguro que en seguida notas la manipulación: “El 4 de Octubre de 1992 (año del crimen de Alcasser) se estrelló el vuelo 182 de El Al, con 43 muertos y decenas de heridos. Ese año aprendimos que no hay que volar en un Boeing 747. El 19 de Mayo de 1993 (año de la muerte de Anabel Segura) se estrelló el vuelo 501 de SAM, con 132 muertos. Ese año aprendimos que tampoco hay que volar en un Boeing 727. El 8 de Septiembre de 1994 (año de la muerte de Marta Obregón) se estrellaron los vuelos 427 de US Air y el 585 de United Airlines por el mismo problema. Murieron 157 personas en los dos accidentes. Ese año aprendimos que el 747 es lo peor que hay… Cuéntame que son bromas, nárrame (despacito, recuerda que soy idiota) que no sé, que exagero, que hay que tener cuidado, que lo que nos hace falta a todas es llavear paracaídas. Dime que soy conspiranóica e histérica…

No tengo que seguir ¿verdad? Si cogemos los accidentes puntuales que van teniendo las líneas aéreas y los presentamos de forma aislada y sensacionalista, presentándolos como la ÚNICA realidad del transporte aéreo, TODAS las compañías aéreas son unas miserables, que prefieren matar a sus pasajeros a invertir en cuidar sus aviones, y TODOS los modelos de avión son una basura de ingeniería, en los que no es seguro volar. De hecho, con esta selección hemos DEMOSTRADO que los de Boeing son unos asesinos de la peor especie, que no dejan de matar gente con sus aparatos ¿verdad?

Pero es mentira; es una forma de “mentir con estadísticas”. Nos presentan 10, 15 o 50 hechos como si el 100% de los vuelos (o la vida de las mujeres) terminara trágicamente, cuando esos datos son una gota minúscula en un océano de normalidad, porque en esos mismos años viajaron un total de 1.200 millones de pasajeros y la práctica totalidad llegaron vivos a su destino. De hecho, viajar en avión es lo más seguro que hay. Cuando toca, es terrible, pero de ordinario es ideal y esos accidentes no obedecen a una conspiración.

Lo mismo pasa con las relaciones entre hombres y mujeres. Todos los días salen millones de mujeres a la calle, viven con sus maridos, duermen con sus parejas, discuten con sus compañeros… y no pasa nada. No las violan, no las matan, no las queman. Las relaciones de pareja en España son de las más estables y seguras del mundo para las mujeres y los hechos que reciben visibilidad mediática, como los accidentes aéreos, son hechos aislados. Terribles, pero aislados, que no obedecen a ningún plan ni confabulación, ni se puede sacar ninguna conclusión “de grupo”, etiquetando a todos los hombres de asesinos y violadores.

Pero hay un chiringuito, un negocio en torno a la violencia de género. Las ONGs de este chiringuito son las únicas que se niegan a la inspección de cuentas (hablaré de eso otro día) y el gobierno es el primero en recibir una pasta por las políticas de género. Por eso, la chusma política de este país utiliza estos asesinatos, violaciones y barbaridades para fomentar el odio y el enfrentamiento, para asegurarse el voto de la gente. Porque es superior el ODIO que se fomenta al contrario que el razonamiento de que no, que es mentira, que el porcentaje de incidentes es minúsculo, que hay millones de madres, padres e hijos conviviendo sin matarse y que esos hechos, terribles cada uno de ellos, no obedecen a un plan, sino que son la inevitable crueldad de la diversidad humana, del azar, de individuos (ellos y ellas) que en un trágico momento no se controlaron y cayeron en el crimen.

A ninguno, seamos hombres o mujeres, nos interesa dejarnos llevar por esta retórica, alimentada por gentuza que, desde la comodidad de sus escaños, agitan el fuego de la confrontación social para asegurar sus poltronas institucionales. A los hombres nos convierten en culpables estadísticos y a las mujeres les crean un estado de ansiedad y miedo que no se corresponde con la realidad. Sólo sirve para agitar el fanatismo de uno y otro bando e impedir que nos fijemos en lo positivo que nos une y los logros que hemos conseguido. Porque una sociedad tranquila no genera beneficios económicos a los que especulan con el odio.

Fotografía de M. Mayers.