La Comisión Islámica quiere imponer el velo en las escuelas

Aprovechando el trámite de reforma de le ley de educación, la Comisión Islámica ha solicitado al gobierno que se instituya, por ley nacional, que las niñas con padres de esta religión accedan con velo al colegio. ¿Libertad religiosa o un paso más para imponer el islamismo como fuente de Derecho en nuestro país?

Nos encontramos ante uno de los elementos más conflictivos de la convivencia entre diversas culturas, el alcance que debe tener el ámbito religioso en la vida pública, especialmente en el entorno de la escuela. ¿Es posible llegar a alguna conclusión sobre este asunto?

El problema es que en esta decisión deberían considerarse varios derechos independientes: el de los padres a elegir la educación de sus hijos, el de la neutralidad de la escuela pública, el de la convivencia entre personas de distintas creencias y uno que parece que se olvida por completo que es el del niño a su propio desarrollo ético y personal.

Así, cuando leemos la posición de cualquier persona sobre este asunto, lo que vemos no es una respuesta al problema, sino la posición particular de cada uno para defender uno de esos derechos frente al resto e imponer su voluntad. Si quien lo plantea es la Comisión Islámica, está claro que lo que pretenden es defender a los padres que quieren dar una cierta educación religiosa a sus hijos, ya que desean dar continuidad a sus creencias. Pero eso no siempre es buscar lo mejor para los hijos, sino dar la satisfacción a los padres de ver perpetuadas sus creencias.

Si lo que nos planteásemos fuera que los padres impusieran a los hijos su orientación sexual, por ejemplo sugerir que los padres heterosexuales prohibieran otra inclinación, la misma gente que exige el derecho musulmán a imponer el velo pondría el grito en el cielo. Llevamos décadas escuchando el argumento de que el niño debe educarse en libertad para tomar sus propias elecciones como adulto y que, por ejemplo, bautizarles cuando son bebés es una violación de sus derechos, ya que les obliga a entrar en un “club religioso” al que quizás no quieran pertenecer. Lo curioso es que las mismas voces no dicen nada sobre otras prácticas de iniciación para niños más graves, como la circuncisión judía. ¿No tendría derecho el niño a decidir como adulto si quiere o no ser mutilado de esa forma?

No hay elección en el adolescente, o ésta se ve enormemente reducida, si desde pequeño se le ha aleccionado y adoctrinado en una determinada ideología. Por tanto, me da igual cuál sea el argumento en favor de una u otra doctrina, ya que ninguno se basa en el bien del menor, sino en la satisfacción de los adultos.

Resuelta la duda sobre el derecho más importante, que es el desarrollo de una mente independiente en el niño, entramos en el aspecto de la convivencia entre adultos. En España hemos asistido a una progresiva eliminación de las manifestaciones religiosas en el ámbito educativo. En los últimos cuarenta años se han ido eliminando progresivamente aspectos como la misa en clase, el rezo diario, la presencia de crucifijos en las aulas y la práctica de no comer carne en cuaresma. Todo ello en beneficio de la separación de Iglesia y estado.

Aunque en este camino haya habido gestos francamente cuestionables, como la eliminación del Belén en muchos centros educativos, o renombrar las vacaciones de Navidad y Semana Santa como “fiestas de invierno” y “semana blanca”, los hemos ido aceptando como algo que beneficiaba la convivencia y eliminaba una injerencia en las directrices de educación colectiva. ¿Para qué hemos alcanzado ese logro? ¿Para qué hemos buscado la laicidad educativa? ¿Para que ahora nos quieran imponer un adoctrinamiento religioso distinto?

La opción de no comer carne en Cuaresma, no comer cerdo, o animales no sacrificados con un cuchillo bendecido, no tiene nada que ver con la correcta alimentación del menor o su salud, sino con ritos que a menudo hunden sus raíces en costumbres pastoriles de hace siglos. Y eso es folclore, pero no educación. El folclore está bien en los museos y los festivales, pero no como fuente de Derecho en las leyes educativas.

La educación en las escuelas debe reducirse a la enseñanza de habilidades para formar adultos competentes y personas capaces de pensar y razonar con libertad, que no es poco; hablamos de los elementos que forman la base de la independencia personal. La imposición de un credo es algo que debe pertenecer al ámbito personal y el adoctrinamiento, ya sea activos mediante la celebración de misas o pasivos mediante la ostentación de vestimentas y signos religiosos, debe evitarse.

La religión no puede ser fuente de ley; no porque lo diga yo, sino porque es un principio básico de la laicidad del estado. Y esto es precisamente lo que pretende la Comisión Islámica: impedir al conjunto de la población criticar una prenda que, en esencia, se basa en el principio de que la mujer es impura y provocadora del pecado, que la única mujer “limpia” es la que está escondida bajo un trapo y dispuesta al placer privado del marido, y que los hombres deben estar protegidos de la provocación continua por parte de “impúdicas” que les provocan con sus cuellos y peinados al aire.

Que el gobierno contemple siquiera la posibilidad de una barbaridad así es incomprensible en el S.XXI y sólo podemos verlo como un paso atrás en los avances que hemos experimentado en el mundo occidental. Poner el grito en el cielo porque haya colegios que imponen uniforme a las chicas y deshacerse al mismo tiempo en un babeo complaciente ante la perspectiva de ver nuestros patios llenos de chicas con pañuelos en la cabeza, adoctrinadas en que la única mujer pura es la que está convenientemente neutralizada con una vestimenta degradante, es una contradicción más de la izquierda y un afrenta al sentido común.

Fotografía de Akela Photo.